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lunes, 8 de julio de 2013

Carol

"Ea, ea, ea. Ya ha pasado. Mírame, cariño, ¿parezco asustada? No lo estoy. Estoy tranquila. Quiero que tú lo estés también. Claro que lo que ha sucedido es malo. Y habrá cosas peores. Claro que sufrirás. Lo pasarás mal, peor que nadie. Padecerás el dolor más terrible y morirás sin haber logrado superarlo. Seguramente antes de tiempo. Sí, muy probablemente morirás joven, no vamos a engañarnos. Pero no te preocupes, cariño. Yo estaré al otro lado, esperándote. Yo estaré contigo. Como antes. Como cuando éramos solo nosotros dos. No te preocupes. No te preocupes de nada, mi amor. Morir será bueno para nuestra relación."

domingo, 2 de junio de 2013

Arañazos

      Otro día más. Ximena Silva se mira en el espejo. Se limpia con calma los restos de maquillaje de la noche anterior. Se lava la cara. Sonríe, y el espejo le devuelve la sonrisa. No recuerda cuánto bebió. No recuerda en qué bares estuvo, cuántos porros se fumó. Ni siquiera recuerda con cuantos desconocidos tuvo relaciones sexuales. Una noche gloriosa, piensa para sus adentros.
      Xim llega a la cocina. Izzy desayuna sentado en la mesa, aún en pijama, con la mirada fija en ningún punto en concreto. Xim besa a su hermano en la mejilla y le roba una tostada.
- Ayer llegaste muy tarde -Izzy parece molesto.
- La cosa se nos fue un poco de las manos -Xim se prepara un café y se sienta sobre la encimera, justo enfrente de Izzy-, tenías que haber venido. 
- No. ¿Qué plan tienes para hoy?
- Es sábado.
- ¿Lo de siempre?
- Lo de siempre.
      Lo de siempre consiste en terminar de desayunar y volver a la cama. Despertarse para comer, y volver a la cama. Despertarse para ducharse, vestirse, arreglarse, y salir de fiesta con sus amigas, una vez más. Beber, fumar, bailar... y al día siguiente dormir, comer, dormir. En eso consisten sus fines de semana. Es como un bebé. Un bebé capaz de volver locos a todos los tíos de la discoteca. 

- ¡Qué guapa estás!
      Xim apenas reacciona ante el cumplido de su amiga Susana, pero se fija súbitamente en el chico que la acompaña.
- ¿No nos vas a presentar? -le dice a Susana, sin apartar la mirada.
- Oh, sí, este es mi novio Cristian.
      Xim le da dos besos, e inmediatamente después le dice un par de cosas al oído que Susana no logra escuchar. Cristian sonríe. La noche acaba de empezar, y ya ha atrapado a su primera presa. Cuando se trata de Ximena Silva, no existen las amigas, no existen las normas sociales, no existe la piedad.

- Este bar es un asco- se queja Cristian. 
      Hace ya dos horas que Xim ha quedado con Susana y su novio, y ninguno de los tres va ni un poco sobrio. Susana ha ido al baño. Cristian no es precisamente sutil.
- Si quieres vamos a otro sitio- Xim le dedica su mejor sonrisa.
- ¿No esperamos a Susana?
- Ya nos encontrará.
      Salen del bar. Cristian la arrincona contra una pared. Xim le besa. Susana es historia, por lo menos durante la hora que se pasan yendo de una discoteca a otra, bebiendo, fumando, olvidándose de ella. Pero la ciudad no es grande, y Susana acaba encontrándolos. 
- ¡Hija de puta! -el gruñido sobresalta a Xim, que se aparta rápidamente de Cristian.
- ¡Susaaaana! -intenta hacerse la tonta-. ¿Dónde te habías metido?
- ¡ZORRA! -Su antigua amiga se abalanza sobre ella, agarrándola del pelo con ira-. ¡Es mi novio, zorra!
      Xim empieza a reírse. Susana la golpea. La araña. Ella apenas se defiende. Lo está disfrutando. 
- ¿¡De qué coño te ríes!?
      Cristian, que lo observaba todo sin atreverse a actuar, espabila por fin y agarra a Susana, separándola, no sin dificultades, de la que supuestamente era su amiga. Xim tiene el pelo hecho un revoltijo, sangre en el labio y un profundo arañazo en la mejilla, y Susana llora de rabia.
- ¡SE SUPONE QUE ERES MI AMIGA! -gime, impotente, pero Xim no responde, solo coge a Cristian de la mano y ambos salen corriendo entre risas-. ¿ES QUE NO TE IMPORTA NADIE, MALDITA HIJA DE PUTA?

      Xim y su última adquisición se besan, tumbados en un banco, en el parque que hay al lado de su casa. Ella nota como Cristian está cada vez más excitado.
- Mi casa está muy cerca de aquí -dice él.
- La mía más -responde Xim.
- Genial.
- No, genial no -le aparta de encima de un empujón-. Me voy. 
      Cristian no da crédito. Se queda mirándola, alucinado, mientras ella le da la espalda y se marcha contoneándose.
- ¿Es en serio? -Xim no responde-. ¿Me vas a dejar así? ¡Acabo de mandar a la mierda a mi novia por ti!
      Ese es mi juego, piensa Xim. Quizás Susana tenía razón. Quizás no le importa nadie. Pero, ¿y qué más da? Xim llega a su edificio. Entra en el ascensor y se mira en el espejo, palpándose con orgullo la herida de la mejilla, limpiándose con la mano el rímel corrido. Llega a su piso, saca las llaves de su bolso y abre la puerta de su casa. No depender de nadie. No sufrir de amor, de desengaño, de pérdida... Son todo ventajas, ¿no?
      Enciende la luz. Un rastro de sangre en el pasillo. Se le borra la sonrisa de la cara.
- Izzy -llama desde el umbral, pero nadie contesta-. ¡IZZY!
      Corre a la habitación de su hermano, donde lo halla en el suelo, apoyado en la pared, rodeado de papeles desperdigados y con el cuello, la cara y las manos ensangrentados. 
- Izzy, no me jodas -se sienta a su lado, lo abraza.
- No puedo, Xim. No puedo más -solloza Izzy.
      Ximena echa un vistazo a su hermano, preocupada. Tiene varios cortes superficiales en los brazos y se ha arañado con rabia la cara y el cuello. También ha golpeado la pared hasta hacer sangrar sus nudillos. Xim comienza a mecer a su hermano con suavidad. 
- Ya está, Izzy -le besa la frente, le seca las lágrimas-, ya ha pasado todo.

      Otro día más. Ximena Silva se mira en el espejo. Se limpia con calma los restos de maquillaje de la noche anterior. Se lava la cara. Sonríe, y el espejo le devuelve la sonrisa.


sábado, 1 de junio de 2013

Los inconscientes

      El tiempo avanza muy lento en esta maldita ciudad. Es lo único que sé ahora mismo. Hace un año que Carol se fue. Me han parecido miles. Miles de años condenado a esta... vida. ¿Se le puede llamar vida?
      Mi hermana me mira fijamente desde el otro lado del local, apoyada en la pared mientras da sorbos a su lata de cerveza. Sabe que me pasa algo, pero supongo que no sabe el qué. Aparto la mirada. No puedo evitar contener el enfado. Carol murió hace justamente un año y nadie parece acordarse. O se hacen los tontos, los ciegos, los sordos, los inconscientes.
      Constan y ZD charlan animadamente con Amelia, nuestra nueva compañera de piso. Mi hermana Ximena y ella han hecho buenas migas, y hoy la ha invitado a venir a beber a nuestro punto de encuentro, un local viejo en el centro, propiedad de los padres de ZD. Doy un trago a mi refresco e intento aislarme una vez más, regresar a mi mundo, mi mundo con Carol. Pero no puedo. Cuando vuelvo al mundo real, descubro que ya no solo Xim, si no todos mis amigos, incluida Amelia, dirigen su atención hacia mí, preocupados.
- ¿Te pasa algo, colega? -me pregunta ZD, entre intrigado y burlón-. ¿Te ha sentado mal tu zumito de uva?
      Xim se acerca a mí, propinándole en el camino una colleja a ZD. Se sienta sobre mis piernas y me besa en la frente.
- Has tenido un día raro.
- No.
- No soy ciega, Izzy.
- Déjame, Xim.
      Ximena se masajea los ojos. Está borracha. Borracha y preocupada por mí. Como siempre. No deberíais preocuparos por mí, deberíais dejarme en paz de una puta vez, deberías atender a vuestros propios problemas y permitir que me consuma, poco a poco, hasta morir.
      Noto que Amelia no se encuentra precisamente cómoda. Es la única que no sabe qué diablos está pasando. Constan ha agachado la cabeza, seguramente para que nadie le vea llorar. ZD se limita a apoyar su mano en mi hombro. Gracias, ZD, pero si es lo máximo que puedes hacer para animarme, no te molestes.
      Ximena da otro sorbo de su cerveza, se acomoda en mi regazo y comienza a acariciarme el pelo.
- Nadie se ha olvidado de Carol, Izzy -cualquiera lo diría-. Pero necesitamos pasar página.
      ¿Pasar página? Pasad página, por supuesto. Seguid con vuestras vidas. Búscate una nueva mejor amiga, Xim. Amelia parece una buena opción. ¡Genial, Xim, sal con Amelia! ¡Te olvidarás pronto de Carol! Y tú, Constan, puedes olvidarte de ella también. Tampoco erais tan amigos, al fin y al cabo. ¡Estuvo, pero ya no! ¡A quién le importa! ¿Qué me dices tú, ZD? La conocías desde, ¿cuándo? ¿desde que teníais diez años? ¡Tú mismo nos la presentaste!
- Sé lo que estás pensando -Xim se encoge de hombros-. No me importa. Seguiremos adelante.
- Es lo mejor, Izzy -la apoya ZD.
      Constan se limita a asentir con la cabeza, sin llegar a levantarla. Amelia nos mira a todos con cara de situación, pero no dice nada.
- Bien. Pasad página -aparto a Xim de forma un tanto brusca y me levanto de la butaca. Me dirijo a la salida del local, temblando de ira-. Yo me quedaré atrás. Con ella.
      Doy un portazo con todas mis fuerzas, lo que me hace sentir mucho mejor. Más calmado. Iré a casa, me acostaré. Intentaré dormir. Y así terminará el día. El día que se cumple un año del asesinato de mi novia.

Foto: xvadix

viernes, 31 de mayo de 2013

Huellas en el jardín

- ¿Por qué te escondes?
     Carol no responde. Solo se da media vuelta y sigue corriendo, alejándose de mí una vez más. Miro a mi alrededor. Estoy en un bosque luminoso, cálido y de aspecto inmortal. Hace tan solo cinco minutos me había quedado dormido en el sofá del salón. Pero ahora... ahora estoy aquí. Sé que se trata únicamente de un sueño. Sé que es una de las ilusiones de Carol, una artimaña. Necesito a Carol para vivir, y ella me necesita a mí para seguir existiendo. Y este es nuestro rincón, nuestro plano de existencia. El bosque favorito de Carolina Bianco. El lugar que siempre soñó. Aquí es donde siempre nos encontramos. Pero no así.
      Carol nunca huye. Carol nunca desaparece entre la maleza. Jamás se aparta de mi lado. Pero esta vez sí. Echo a correr detrás de ella, dejando atrás árboles y matorrales de colores imposibles. Carol se gira hacia mí de vez en cuando, solo para comprobar si sigo allí, pisando sus huellas, bebiéndome su rastro.

      La he perdido de vista. Se ha desvanecido. El bosque se ha tornado más sombrío y ya no se parece a nuestro particular jardín del Edén. Me estoy asustando.
- ¡Carol!
      Nadie contesta.
- ¡CAROL, DÓNDE DIABLOS ESTÁS!
      Tengo miedo, Carol. Tengo tanto miedo sin ti. Se me encoge el estómago. Me duele la cabeza. Me miro las manos, y las siento tan viejas, tan arrugadas, tan efímeras... todo por su culpa. Tengo que encontrarla. Escudriño todos los rincones del claro en el que me encuentro. Por favor. Por favor, por favor, Carolina. Aparece ya.
      Sigo corriendo. Oigo algo, un sonido lejano. Una melodía tenue, lenta, calmada. Dolorosamente familiar. El bosque en sombras desaparece y despeja el camino a una llanura reluciente, infinita, un mar de hierba dorada que brilla de forma irreal. De nuevo la melodía, pero ahora suena más cercana. A unas decenas de metros, en el centro de la llanura, Carolina Bianco. Bailando lentamente al ritmo de nuestra melodía. Mirándome. Mirándome de esa horrible forma, de esa desgarradora forma que me despedaza el corazón. Mirándome con esos ojos que me dicen, sin un ápice de piedad, "Recuérdalo, Izzy. Estoy muerta."




jueves, 30 de mayo de 2013

El aniversario, segunda parte

- ¡Hola!
      Me giro hacia mi alegre interlocutora, devolviéndole el saludo con un gesto con la mano.
- ¿Un mal día? -me pregunta mientras se sienta en el sofá, justo a mi lado-. Tienes cara que haber pasado un mal día.
- Regular -me limito a responder. Amelia me mira fijamente, como esperando una respuesta más extensa-. ¿No tienes nada que estudiar?
- He decidido que quiero conocerte mejor -me dedica una sonrisa de oreja a oreja, dispuesta a interrogarme hasta el hastío-, no sé prácticamente nada sobre ti.
- Llevamos compartiendo piso, cuánto, ¿cuarenta y ocho horas? No sé qué esperabas saber sobre mí.
- Todo, bobo -me propina una golpecito en el hombro, tomándose, a mi juicio personal, demasiadas confianzas para conocerme desde hace solo dos días-. Tus sueños, tus esperanzas, tus pesadillas, tu peso ideal...
      Ríe burlona, y yo quiero levantarme del sofá, darle la espalda y no volver a ver su cara hasta mañana. Sin embargo, hay algo que me lo impide. Carol me observa desde el otro lado del salón, decepcionada. Joder, no. No me mires así, Carol. No quiero seguir hablando con esta maldita cría.
- No tengo sueños. Los sueños se rompen.
      Amelia deja de reírse y se pone muy seria de pronto.
- O sea, que eres un amargado.
- Soy un amargado -no pienso discutir con ella. Hoy no.
      Se levanta del sofá y empieza a dar vueltas por el salón, bailando tan arrítmicamente la canción que suena en la televisión, que me pone nervioso. Contonea sus caderas como si le fuera la vida el ello, y agita su corta melena castaña de forma casi ortopédica. Se gira hacia mí, se echa a reír estúpidamente y sigue bailando. Repite la humillante escena un par de veces más antes de rendirse. Ha entendido que no va a conseguir hacerme sonreír.
- Un amargado de los de cuidado. ¿Cómo consigues no suicidarte cada vez que amanece un nuevo y hermoso día en tu gris y vacía vida?
      No respondo, solo me encojo de hombros. Quizás porque no me da la gana responder. Quizás porque yo me pregunto lo mismo todas las mañanas.
     Tras varios fallidos intentos de entablar una conversación, Amelia parece resignarse. Carol se encuentra a su lado, como intentando hacerme sentir culpable. Pero no voy a ceder. Es un mal día. Es un horrible día. Hoy hace un año. Un año entero. Hoy tengo derecho a ser un hijo de puta.

Foto: Roinja

miércoles, 29 de mayo de 2013

El aniversario, primera parte

      Es un mundo raro. Es un mundo imprevisible, pienso. Apuro mi cigarro y me tumbo en la cama. Necesito una siesta. Carol me mira desde el otro lado de mi habitación, sentada en un taburete. Su vestido blanco, impoluto, su melena, lisa, azabache, infinita. Me doy la vuelta en la cama, no me apetece hablar. Pero ella está ahora tumbada a mi lado.
- Hoy hace un año - le digo, rompiendo el silencio. Sonríe patéticamente, y mis ojos se humedecen. 
- ¿Cómo lo llevas? 
- Lo llevo - le doy la espalda de nuevo, y ahí está, otra vez, en el taburete, junto al escritorio.
- Te echo de menos, Izzy.
- Yo también. 
Cierro los ojos, deseo que se largue, pero Carol no parece captar la indirecta y sigue hablándome.
- ¿Me vas a contar qué tal es tu nueva compañera de piso?
- Amelia.
- Amelia. Es guapa.
- Cállate, por favor - agarro la almohada y se la lanzo con fuerza, pero ya no está ahí. 
      Me hace un mohín desde el umbral de la puerta. No quiere entender que no es el momento. Un día como hoy, no quiere entender que estoy roto, que solo quiero aislarme del mundo real y no pensar en nada más. Ojalá pudiera golpearla en este mismo instante.
- Por favor, Carol. Por favor. Vete.
Carol parece enfadarse. 
- Eres imbécil - me responde. 
      Y yo intento replicarla, pero ya no está. Una vez más, estoy solo en mi habitación, y todo lo que queda de Carolina Bianco es una carta en la estantería y una foto suya colgada en la pared.

Foto: Nemisia

domingo, 31 de marzo de 2013

Doscientos treinta y tres

      Suena Johnny Cash en la doscientos treinta y tres.

      Carol aplasta una moribunda colilla contra el cenicero, junto a otra veintena de cadáveres de cigarros calcinados. El olor es intenso, mezcla de humo, perfume de mujer y muerte. La muerte, tan presente.
Él se masajea las sienes con las manos tintadas de rojo. Esto no debería ser así. Esto no debería haber pasado. No debería. No debería.

      Carol observa con detenimiento el cuerpo inerte, aún caliente, que hay sobre la cama, tan puro, tan frágil. Tan celestial. Tan jodidamente ensangrentado.
-CÁLLATE- brama él, girándose hacia Carol con los ojos inyectados en sangre. Ella le devuelve una mirada calmada, inquisitiva.
-No he dicho nada- se enciende otro cigarro.
-Lo has pensado. Lo estás pensando. CÁLLATE, JODER. CÁLLATE DE UNA VEZ.
Carol da una calada a su nuevo y reluciente cigarrillo, y el humo se extingue a medida que se distancia de su sonrisa, perversa, prepotente, perfecta. Dolorida.

      Trascurren diez minutos más. Johnny no quiere desaparecer del hilo musical. Carol no ha dicho nada. Él ha llorado. El cuerpo sin vida reclama atención. Los ojos abiertos, la boca abierta. El pecho abierto. Carol no puede disimular una risotada, tan irónica, tan cómica, como desgarradora.
-Dímelo ahora, ¿quieres? Dímelo.
Él vacila. No tiene ni idea de qué es lo que va a hacer. No tiene ni idea de cómo va a terminar esto. Solo sabe que ella no va a volver. Que está muerta. Muerta para siempre. Que ya no queda prácticamente nada. Cien fotos en un ordenador. Doce álbumes en las estanterías de su casa. Un anuario escolar. Miles de recuerdos. Pero más allá, nada.
-Te quiero.
-Más alto, por favor.
-TE QUIERO.
-¿Me quieres? -Carol estalla en carcajadas. Se burla de él. Se burla con todas sus fuerzas. Con todo el odio que su cuerpo puede contener.- ¡Me quieres! ¡Hijo de puta!
Él se abalanza sobre el cadáver, completamente quebrado, completamente enloquecido. Lo abraza. Lo besa. Intenta tapar la herida. Intenta retroceder en el tiempo, en el espacio. Que no haya sucedido. Que nada de esto haya sido más que un fatal sueño. Solo logra cubrirse la cara con sangre. Con sangre de muerto.
-Te quiero tanto. Te quiero tanto. Te quiero tantísimo...
Ya es suficiente. Carol se levanta de su asiento, tira la colilla, y se acerca a él, con los ojos arrasados en lágrimas, mitad de risa, mitad de dolor.
-Me quieres. Me quieres mucho.
-Sí...
-Me quieres más que a nada en este mundo.
-Sí... te quiero, Carol.
-Si tanto me quieres, cabrón desagradecido...-se acuclilla junto al cuerpo, aplasta su cara contra la de él, agarra su cabello, lo araña- SI TANTO ME QUIERES, ¿POR QUÉ ME HAS MATADO?

     Suena Johnny Cash en la doscientos treinta y tres.

Foto: ippiki-wolf